Los aristoclubes
En los grandes negocios ya no consigues ser millonario sin m¨¢s; tienes que ser m¨¢s millonario. Ni siquiera puedes detenerte un rato a pensar qu¨¦ rico eres, y qu¨¦ pelazo tienes, ya puestos, porque pierdes dinero, que va a parar a alguien que no piensa, act¨²a. En el f¨²tbol ya ocurren cosas tan terribles como estar triste porque tienes much¨ªsimo dinero, y no puedes tener m¨¢s. Menuda faena. A unos pocos clubes, en especial al Madrid, y a los fondos de inversi¨®n metidos en el ajo, les parece injusto. Es como si ser millonario no tuviese recompensa. Llega un d¨ªa, cuando tienes mucho dinero, que el dinero te tiene a ti, y obedeces.
De ah¨ª la pretensi¨®n de crear la Superliga, que disparar¨ªa los beneficios, y los grandes clubes ya no deber¨ªan conformarse con ser simples millonarios, mezclados con otros que ni siquiera lo son un poquito. En el fondo, la nueva competici¨®n propiciar¨ªa la confluencia de la nobleza. Formar¨ªan parte de ella solo equipos encantados de pertenecer a un club en el que admitiesen a miembros como ellos, y a nadie m¨¢s. Al fin se plasmar¨ªa la idea, que dejar¨ªa de ser falsa, de que la vida es un campo de rosas, tan maravillosa que solo has de interesarte en cumplir los grandes sue?os y no hacer nunca m¨¢s cosas modestas, como jugar, supongo, contra el Granada o el Eibar. ?A qui¨¦n podr¨ªa parecerle mal?
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Habitar¨ªamos un mundo en el que habr¨ªa un Madrid-Liverpool al d¨ªa, o un Bayern-Juventus, o un Bar?a-City. A las ligas nacionales las llamar¨ªamos ligas vaciadas. Quiz¨¢ estar¨ªamos m¨¢s cerca de que los mundiales fuesen una vez al a?o. ?Es que no nos merecemos ser felices todo el tiempo? El f¨²tbol no volver¨ªa a ser la historia de un equipo grande contra uno peque?o, que no se cree inferior y a veces se impone. No habr¨ªa equipos modestos, o no tendr¨ªamos noticias de ellos. ?Puede que desapareciesen los hinchas, y la pasi¨®n consustancial al f¨²tbol? Tambi¨¦n desaparecieron los dinosaurios y vamos a desaparecer los humanos. Seamos felices hasta ese d¨ªa, de solo admirar, de lejos, la felicidad de los aristoclubes.